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Tïtulo: Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas [Distribuye Nuestra América]
Autor: Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto(compiladoras)
ISBN: 978-987-1497-30-0
Páginas: 142
Año: 2010
Editorial: El colectivo
Tïtulo: Pariremos con placer. [Distribuye Nuestra Amrica]
Autor: Bustos Rodrigañez Casilda
ISBN: 978-987-23777-7-9
Páginas: 96
Año: 2010
Editorial: Madreselva [Distribuye Nuestra América
Tïtulo: Escrituras de la diferencia sexual
Autor: Raquel Olea
ISBN: 956-282-247-8
Páginas: 298
Año: 2000
Editorial:
Tïtulo: Las chilenas de la colonia
Autor: Cecilia Salinas
ISBN: 956-7369-10-0
Páginas: 190
Año: 1994
Editorial:
Tïtulo: El derecho trama y conjura patriarcal
Autor: Lorena Fries y Veronica Matus
ISBN: 956-282-190-0
Páginas: 144
Año: 1999
Editorial:

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Anticipo. En su último libro, el escritor Rolo Diez analiza con lucidez la polémica sobre los DD.HH. en el paisito oriental.

Un pensador sombrío ha dicho que nada se parece más a la muerte que el deseo realizado. La frase hace pensar en búsquedas, anhelos que dejan de existir y esperanzas que se agotan cuando se encuentra lo que se ha buscado. Una bella mujer, el éxito, lo que sea. Por ejemplo, y a pesar de que hoy se trate de progresismo y no de socialismo, hace pensar en los ex guerrilleros que lucharon décadas para llegar al gobierno y al poder, y desde ahí cambiar la vida; y aún más que en ellos, obliga a recordar la sangre derramada para que esos cambios sucedieran. ¿En qué sentido los deseos de las fuerzas populares se han cumplido, o –jugarretas del lenguaje– en cuál otro sentido la realidad que vivimos trae desencuentros con las mejores expectativas, distintos mensajes del ya no ser, de las “arenas que la vida se llevó?”…
En El engranaje, guion cinematográfico nunca filmado de Jean Paul Sartre, se cuenta esta historia: el presidente de un país árabe es sospechado de corrupción y complicidad con las empresas internacionales que explotan las riquezas petroleras del país. Un general progresista hace una revolución y se convierte en nuevo presidente. Pronto recibe a los delegados de las empresas petroleras y éstos le hacen ver una realidad distinta a la que él pensaba. El nuevo presidente empieza a negociar con los petroleros. Un aguerrido coronel nacionalista se enfrenta con él y lo derroca. Por la tarde vienen los delegados de las empresas petroleras y lo convencen de que está equivocado. Empieza otra vez la negociación. Mientras, un romántico capitán…
Los nuevos gobernantes quedan entrampados en las mismas situaciones que combatieron. Una vez y otra, en las calles se desplaza la esperanza hacia un nuevo salvador, pero ningún gobernante escapa al engranaje. La esperanza del pueblo es inútil.
Manuel Scorza escribe en La tumba del relámpago: “La rabia comienza a sofocar a Genaro Ledesma. El aletazo de un pensamiento sombrío lo rozó, las revoluciones campesinas fracasaron siempre. Por eso nos fascinan. Los Emiliano Zapata, los Garabombo, los Raymundo Herrera, los Agapito Robles mueren puros. Los campesinos no llegan al poder, no tienen la oportunidad de corromperse. No les da la ocasión de transformarse de oprimidos en opresores”.
En su artículo “Algo habrá hecho el haitiano”, a propósito de la violación de un muchacho cometida por soldados uruguayos, miembros de la Misión de Paz de la ONU instalada en Haití, y muy a propósito de la situación en el Uruguay de hoy, Verónica Engler escribe: “Cada vez está más claro el significado de la frase ‘no es lo mismo ser gobierno que oposición’. Una vez en el gobierno se pierde el horizonte revolucionario, se defiende lo que otrora se atacó, se vende la integridad al bajo precio de la necesidad y se termina siendo un poco más de lo mismo con matices de políticas sociales y algún que otro detalle de poca monta”.
Mi desayuno de café con optimismo me lleva a rechazar toda fatalidad. Lo fatal es inevitable, y si es inevitable no es culpa de nadie y no hay motivos para enojarse. El gran titiritero mueve los hilos y todos bailan al son que les impone. ¿Qué puede hacer una hoja en la tormenta? ¿Qué culpa tenía Edipo si el tipo que mató era su padre y la mujer con quien se acostó era su madre? Ninguna. Pero no es el caso.
Los gobiernos progresistas (esta palabra es funcional y nos permite diferenciarlos de los que son claramente de derecha) de América Latina son lo que son, como diría Perogrullo. En general –de acuerdo con una jerga difundida– se los puede considerar de centro-izquierda y separarlos de aquellos alineados férreamente con Estados Unidos y poco proclives a disminuir la profunda brecha de inequidad que separa los ricos de los pobres. Lo que no se puede es confundir los términos progresista y revolucionario.
De ahí que muchos compañeros revolucionarios –de los que aún quedan para contarla– protagonistas de las épicas jornadas de 1960 y 1970, no se sientan representados por gobiernos que realizan una práctica más asistencial que de verdadera redistribución de la riqueza y muestran distintos –opinables, polémicos– niveles de firmeza o conciliación frente a las políticas del capital globalizado.
Los revolucionarios siguen siendo lo que siempre han sido: mujeres y hombres interesados en modificaciones sociales que impliquen que “la tortilla se vuelva”–aunque no piensen que a los ricos se les deba aplicar la dieta especial propuesta por la canción–. En cambio, el mundo ya es otro y, al menos en la etapa histórica que atravesamos, no ofrece alternativas profundas –a menos que se quiera ser bombardeado humanitariamente por Estados Unidos y sus valerios de la OTAN– de un cambio radical verdaderamente revolucionario.
La redistribución de fuerzas en el mundo unipolar, la pérdida de conquistas sindicales logradas en el curso de los siglos XIX y XX, y el retorno del capitalismo salvaje, con su maquillado nombre de flexibilización laboral como forma normal de relación entre los dueños de medios de producción y los trabajadores, obliga a moderar exigencias, a pedir sí, pero no a pedirlo todo y tratar de aprovechar lo que se pueda de los gobiernos que nos tocan.
Y es ahí donde aparecen las distintas valoraciones que pueden hacerse –y se hacen– sobre los llamados gobiernos progresistas. Desde “son unos fascistas” a “lo están haciendo bien porque hacen lo posible”, el tema es discutido en la izquierda y genera un abanico de posiciones diferentes.
Básicamente hay dos aspectos centrales que pueden definir el carácter progresista o no de un gobierno determinado.
Uno es la ya mencionada redistribución de la riqueza.
¿Qué se hace, no para suprimir –que ese fue el negocio nuestro y no se pudo–, pero sí para disminuir no la brecha sino la zanja cloacal, cada vez más profunda, más injusta y vergonzosa que separa las condiciones de existencia de los ricos de las de los pobres e indigentes? Actitud indispensable –y exigible– en un gobierno que quiera llamarse progresista. “Redistribuir hoy es aumentar los salarios para devolver al pueblo trabajador uruguayo por lo menos el poder adquisitivo que le quitó la dictadura”: Raúl Sendic. ¿Se está haciendo eso? Es pregunta. Aquí sólo hablamos de Verdad y Justicia. Deliberadamente eludimos internarnos en un análisis puntual de aspectos que no son motivo de este libro. Claro que también podemos recordar que el derecho a comer y no hundirse en la miseria es simplemente expresión del derecho a la vida y, como tal, el más humano y elemental de los derechos. Otros compañeros harán esa discusión y darán su veredicto sobre el progresismo o no del gobierno del Frente Amplio uruguayo. Deben hacerlo y lo están haciendo.
El segundo tema principal respecto de los gobiernos progresistas es el que aquí tratamos: Verdad y Justicia. ¿Qué se hace y qué no se hace en la relación del hoy con la historia del pueblo, y qué se hace o no con la necesidad de reparar los daños causados y sancionar los crímenes cometidos por los usurpadores del gobierno en la etapa de las dictaduras impuestas por Estados Unidos en el Cono Sur, supuestamente en nombre del orden y la ley, pero en realidad para evitar cambios en un orden social injusto: impedir que se toque un solo centavo de cuentas bancarias insultantemente adineradas, o un metro de tierra de los inmensos latifundios improductivos, o que se establezca una dieta –que tenga en cuenta los intereses populares– a la voracidad del capital.

Ninguna piedad con la realidad

Rolando Aurelio Diez, más conocido como Rolo Diez en el mundo periodístico y editorial, pero sobre todo en el caldero efervescente de la militancia revolucionaria de los 60 y 70, ha irrumpido con un nuevo libro: Si abrí los ojos, título que retoma un verso de un hermoso poema del poeta español Blas de Otero y que cobra plenamente su sentido anticipatorio a medida que el lector se sumerge en un texto que a golpes de crónica, informe periodístico, investigación histórica y relato de no ficción, va haciendo visible un conflicto, un drama, una tragedia que pareciera –a la manera hegeliana– no tener una resolución históricamente avanzada, por lo menos en lo inmediato. El gran protagonista es el paisito de enfrente, del cual Rolo se declara –como Artigas– argentino de la Banda Oriental. Y a caballo de ese título autoconcedido la emprende, sin mucha diplomacia ni retórica bizantina, con un tema que tiene en vilo, no sólo a los uruguayos sino a quienes estamos de este lado del charco: el tratamiento de las violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno y la justicia uruguayos. El relato –por darle un nombre convencional a lo que es en realidad como un coro o una ópera multimedia– va y viene, viene y va del pasado más o menos inmediato, el triunfo del Frente Amplio y el renacer de la esperanza, a los tristes días de la derrota del MLN tupamaros. Recorre, impiadoso, cárceles, cuarteles, salas de torturas, cloacas y calles húmedas de la Ciudad Vieja. Cita al Bebe Sendic, recuerda la traición de Amodio, se detiene largamente en los encuentros de dirigentes tupamaros con oficiales del Ejército y vuelve a nuestros días para abrumarnos con declaraciones de funcionarios que fueron víctimas y hoy parecieran transformarse en defensores o encubridores de quienes fueron sus victimarios. No hay piedad en este libro porque los hechos que relata son impiadosos, crudos, tozudos hijos de una realidad atravesada por los claroscuros de la condición humana sujeta a la tensión de circunstancias históricas extremas. Tampoco hay bronca, ni impaciencia. Hay exigencia militante, preguntas quemantes, compromiso irrenunciable con una causa que es la misma en ambas orillas. Hay un grito que está contenido en el final del poema de Blas de Otero: “…si abrí los labios hasta desgarrármelos”.



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FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, estaremos presentes con nuestro stand en el pabellón Azul.
 
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