|
| Sikuris en el colegio. Lo comunitario en el aula .... |
 |
|
| Tïtulo: Sikuris en el colegio. Lo comunitario en el aula . Incluye CD de obsequio. |
| Autor: Balanzino Jorge |
| ISBN: 978-987-1895-00-7 |
| Páginas: 64 |
| Año: 2012 |
| Editorial: NUESTRA AMÉRICA |
| |
| Descripción:
Sikuris en el colegio
Lo Comunitario en el aula
Ser docente es ser un
activista social.
Desde la docencia
podemos reducir al otro convirtiéndolo en un manso súbdito o transformarlo en
un inquieto sujeto que buscará la verdad para desatar los nudos que enredan la
libertad de la
existencia. Esa búsqueda, que emanará como el canto del ave
bajo la copa del frondoso árbol de la educación, hallará su objetivo sólo si
los argumentos, que desde allí se brinden, son liberadores.
Nuestros orígenes, las
raíces de ese árbol, enriquecen el canto para vencer el llanto de esta
apaleadora e injusta sociedad.
La música que antecede
al papel trae la palabra de la sabiduría.
Del trinar del ave y los
sonidos de la voz humana nació una extensa pradera de instrumentos.
Entre ellos, y
milenario, el Siku.
Lo originario, las
melodías antiguas, lo nuestro, de todos.
Este es un libro con ritmo de
vida, para docentes, trabajadores sociales, padres, estudiantes, niños, jóvenes
o adultos, que deseen aprender a fabricar un siku, y en comunidad crear la voz
de los que no fueron escuchados hasta ese momento en que los oídos vuelvan a vibrar
por una nueva caricia de los sentidos.
A contracorriente del
individualismo el siku sólo es posible tocarlo entre dos.
Sin el otro no hay
melodía, no hay secuencia de notas.
La música transforma
la realidad... el sikuri transforma la forma de esa transfiguración, y a la
vez, el espíritu de ese cambio nace únicamente si es en forma colectiva.
Como la docencia, como el amor, como la vida, es necesario el otro
para llevar a cabo el arte de la música a través del siku.
desde El Bohío
Julio de 2012
Marcelo Cafiso
|
|
DISPONIBILIDAD INMEDIATA
|
|
|
| <Notas> |
| <Afiches> |
| <Catálogo Completo> |
| <Librerias> |
| <Links Amigos> |
| <Contactenos> |
| |
| Recomendados |
|
| Novedades y Notas |
Anticipo.
En su último libro, el escritor Rolo Diez analiza con lucidez la polémica sobre los DD.HH. en el paisito oriental.
Un pensador sombrío ha dicho que nada se parece más a la muerte que
el deseo realizado. La frase hace pensar en búsquedas, anhelos que dejan
de existir y esperanzas que se agotan cuando se encuentra lo que se ha
buscado. Una bella mujer, el éxito, lo que sea. Por ejemplo, y a pesar
de que hoy se trate de progresismo y no de socialismo, hace pensar en
los ex guerrilleros que lucharon décadas para llegar al gobierno y al
poder, y desde ahí cambiar la vida; y aún más que en ellos, obliga a
recordar la sangre derramada para que esos cambios sucedieran. ¿En qué
sentido los deseos de las fuerzas populares se han cumplido, o
–jugarretas del lenguaje– en cuál otro sentido la realidad que vivimos
trae desencuentros con las mejores expectativas, distintos mensajes del
ya no ser, de las “arenas que la vida se llevó?”…
En El engranaje, guion cinematográfico nunca filmado de Jean Paul
Sartre, se cuenta esta historia: el presidente de un país árabe es
sospechado de corrupción y complicidad con las empresas internacionales
que explotan las riquezas petroleras del país. Un general progresista
hace una revolución y se convierte en nuevo presidente. Pronto recibe a
los delegados de las empresas petroleras y éstos le hacen ver una
realidad distinta a la que él pensaba. El nuevo presidente empieza a
negociar con los petroleros. Un aguerrido coronel nacionalista se
enfrenta con él y lo derroca. Por la tarde vienen los delegados de las
empresas petroleras y lo convencen de que está equivocado. Empieza otra
vez la negociación. Mientras, un romántico capitán…
Los nuevos gobernantes quedan entrampados en las mismas situaciones que
combatieron. Una vez y otra, en las calles se desplaza la esperanza
hacia un nuevo salvador, pero ningún gobernante escapa al engranaje. La
esperanza del pueblo es inútil.
Manuel Scorza escribe en La tumba del relámpago: “La rabia
comienza a sofocar a Genaro Ledesma. El aletazo de un pensamiento
sombrío lo rozó, las revoluciones campesinas fracasaron siempre. Por eso
nos fascinan. Los Emiliano Zapata, los Garabombo, los Raymundo Herrera,
los Agapito Robles mueren puros. Los campesinos no llegan al poder, no
tienen la oportunidad de corromperse. No les da la ocasión de
transformarse de oprimidos en opresores”.
En su artículo “Algo habrá hecho el haitiano”, a propósito de la
violación de un muchacho cometida por soldados uruguayos, miembros de la
Misión de Paz de la ONU instalada en Haití, y muy a propósito de la
situación en el Uruguay de hoy, Verónica Engler escribe: “Cada vez está
más claro el significado de la frase ‘no es lo mismo ser gobierno que
oposición’. Una vez en el gobierno se pierde el horizonte
revolucionario, se defiende lo que otrora se atacó, se vende la
integridad al bajo precio de la necesidad y se termina siendo un poco
más de lo mismo con matices de políticas sociales y algún que otro
detalle de poca monta”.
Mi desayuno de café con optimismo me lleva a rechazar toda fatalidad. Lo
fatal es inevitable, y si es inevitable no es culpa de nadie y no hay
motivos para enojarse. El gran titiritero mueve los hilos y todos bailan
al son que les impone. ¿Qué puede hacer una hoja en la tormenta? ¿Qué
culpa tenía Edipo si el tipo que mató era su padre y la mujer con quien
se acostó era su madre? Ninguna. Pero no es el caso.
Los gobiernos progresistas (esta palabra es funcional y nos permite
diferenciarlos de los que son claramente de derecha) de América Latina
son lo que son, como diría Perogrullo. En general –de acuerdo con una
jerga difundida– se los puede considerar de centro-izquierda y
separarlos de aquellos alineados férreamente con Estados Unidos y poco
proclives a disminuir la profunda brecha de inequidad que separa los
ricos de los pobres. Lo que no se puede es confundir los términos
progresista y revolucionario.
De ahí que muchos compañeros revolucionarios –de los que aún quedan para
contarla– protagonistas de las épicas jornadas de 1960 y 1970, no se
sientan representados por gobiernos que realizan una práctica más
asistencial que de verdadera redistribución de la riqueza y muestran
distintos –opinables, polémicos– niveles de firmeza o conciliación
frente a las políticas del capital globalizado.
Los revolucionarios siguen siendo lo que siempre han sido: mujeres y
hombres interesados en modificaciones sociales que impliquen que “la
tortilla se vuelva”–aunque no piensen que a los ricos se les deba
aplicar la dieta especial propuesta por la canción–. En cambio, el mundo
ya es otro y, al menos en la etapa histórica que atravesamos, no ofrece
alternativas profundas –a menos que se quiera ser bombardeado
humanitariamente por Estados Unidos y sus valerios de la OTAN– de un
cambio radical verdaderamente revolucionario.
La redistribución de fuerzas en el mundo unipolar, la pérdida de
conquistas sindicales logradas en el curso de los siglos XIX y XX, y el
retorno del capitalismo salvaje, con su maquillado nombre de
flexibilización laboral como forma normal de relación entre los dueños
de medios de producción y los trabajadores, obliga a moderar exigencias,
a pedir sí, pero no a pedirlo todo y tratar de aprovechar lo que se
pueda de los gobiernos que nos tocan.
Y es ahí donde aparecen las distintas valoraciones que pueden hacerse –y
se hacen– sobre los llamados gobiernos progresistas. Desde “son unos
fascistas” a “lo están haciendo bien porque hacen lo posible”, el tema
es discutido en la izquierda y genera un abanico de posiciones
diferentes.
Básicamente hay dos aspectos centrales que pueden definir el carácter progresista o no de un gobierno determinado.
Uno es la ya mencionada redistribución de la riqueza.
¿Qué se hace, no para suprimir –que ese fue el negocio nuestro y no se
pudo–, pero sí para disminuir no la brecha sino la zanja cloacal, cada
vez más profunda, más injusta y vergonzosa que separa las condiciones de
existencia de los ricos de las de los pobres e indigentes? Actitud
indispensable –y exigible– en un gobierno que quiera llamarse
progresista. “Redistribuir hoy es aumentar los salarios para devolver al
pueblo trabajador uruguayo por lo menos el poder adquisitivo que le
quitó la dictadura”: Raúl Sendic. ¿Se está haciendo eso? Es pregunta.
Aquí sólo hablamos de Verdad y Justicia. Deliberadamente eludimos
internarnos en un análisis puntual de aspectos que no son motivo de este
libro. Claro que también podemos recordar que el derecho a comer y no
hundirse en la miseria es simplemente expresión del derecho a la vida y,
como tal, el más humano y elemental de los derechos. Otros compañeros
harán esa discusión y darán su veredicto sobre el progresismo o no del
gobierno del Frente Amplio uruguayo. Deben hacerlo y lo están haciendo.
El segundo tema principal respecto de los gobiernos progresistas es el
que aquí tratamos: Verdad y Justicia. ¿Qué se hace y qué no se hace en
la relación del hoy con la historia del pueblo, y qué se hace o no con
la necesidad de reparar los daños causados y sancionar los crímenes
cometidos por los usurpadores del gobierno en la etapa de las dictaduras
impuestas por Estados Unidos en el Cono Sur, supuestamente en nombre
del orden y la ley, pero en realidad para evitar cambios en un orden
social injusto: impedir que se toque un solo centavo de cuentas
bancarias insultantemente adineradas, o un metro de tierra de los
inmensos latifundios improductivos, o que se establezca una dieta –que
tenga en cuenta los intereses populares– a la voracidad del capital.
Ninguna piedad con la realidad
Rolando Aurelio Diez, más conocido como Rolo Diez en el mundo
periodístico y editorial, pero sobre todo en el caldero efervescente de
la militancia revolucionaria de los 60 y 70, ha irrumpido con un nuevo
libro: Si abrí los ojos, título que retoma un verso de un hermoso
poema del poeta español Blas de Otero y que cobra plenamente su sentido
anticipatorio a medida que el lector se sumerge en un texto que a
golpes de crónica, informe periodístico, investigación histórica y
relato de no ficción, va haciendo visible un conflicto, un drama, una
tragedia que pareciera –a la manera hegeliana– no tener una resolución
históricamente avanzada, por lo menos en lo inmediato. El gran
protagonista es el paisito de enfrente, del cual Rolo se declara
–como Artigas– argentino de la Banda Oriental. Y a caballo de ese título
autoconcedido la emprende, sin mucha diplomacia ni retórica bizantina,
con un tema que tiene en vilo, no sólo a los uruguayos sino a quienes
estamos de este lado del charco: el tratamiento de las violaciones a los
derechos humanos por parte del gobierno y la justicia uruguayos. El
relato –por darle un nombre convencional a lo que es en realidad como un
coro o una ópera multimedia– va y viene, viene y va del pasado más o
menos inmediato, el triunfo del Frente Amplio y el renacer de la
esperanza, a los tristes días de la derrota del MLN tupamaros. Recorre,
impiadoso, cárceles, cuarteles, salas de torturas, cloacas y calles
húmedas de la Ciudad Vieja. Cita al Bebe Sendic, recuerda la
traición de Amodio, se detiene largamente en los encuentros de
dirigentes tupamaros con oficiales del Ejército y vuelve a nuestros días
para abrumarnos con declaraciones de funcionarios que fueron víctimas y
hoy parecieran transformarse en defensores o encubridores de quienes
fueron sus victimarios. No hay piedad en este libro porque los hechos
que relata son impiadosos, crudos, tozudos hijos de una realidad
atravesada por los claroscuros de la condición humana sujeta a la
tensión de circunstancias históricas extremas. Tampoco hay bronca, ni
impaciencia. Hay exigencia militante, preguntas quemantes, compromiso
irrenunciable con una causa que es la misma en ambas orillas. Hay un
grito que está contenido en el final del poema de Blas de Otero: “…si
abrí los labios hasta desgarrármelos”. ********** FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, estaremos presentes con nuestro stand en el pabellón Azul. |
|
| |
|